Minimalismo y comprar con cabeza

Una de las enseñanzas implícitas del minimalismo es ser cada vez más consciente del valor y el precio real de los objetos, lo cual se traduce en pensárselo dos veces antes de comprar algo nuevo. (Y todo esto os lo digo teniendo en cuenta que la semana pasada intenté arreglar un día malo yendo de compras. Muy coherente. Pero todo tiene una explicación).

Sí, cometí el acto impuro, el impulso automático de salir de compras para olvidar la tristeza de un acontecimiento. Todavía hay veces que no lo puedo evitar. Sin embargo, apenas compré nada. Y no fui impulsiva. Me ceñí a cosas que, si bien es cierto que podría haber seguido viviendo sin ellas, me hacían falta de manera objetiva. Compré tres prendas de ropa que faltaban en mi armario de verdad: un pantalón fino, ya que en verano me deshice de dos que no me gustaban y me quedé solo con uno, una camiseta de verano, por lo mismo, y una blusa que ya tenía (y que me resulta comodísima porque no hay que plancharla) pero en distinto estampado, porque también había hecho limpieza de partes de arriba. Y ya. Fin del ataque de compras impulsivas. Me sentí satisfecha aun teniendo en cuenta que “había pecado” porque me di cuenta de que el minimalismo ha calado tan hondo en mí que ni en el día más débil me olvido de analizar cien veces un producto antes de decidir si me lo llevo o no.

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Ese momento me llevó a querer compartir aquí estas reflexiones sobre las compras:

  1. Hace años para mí ir de compras era un acto de diversión, de ocio, y muchas veces me sentía “guay” por comprarme ropa que normalmente no me pondría porque así estaba siendo atrevida, arriesgada. Mentira, la realidad es que se quedaba en el fondo de mi armario porque no era mi estilo. Y punto. Seguro que os sentís identificadas con esto. Cuanto mayor es el hueco que se hace el minimalismo en mi vida más reflexiono sobre lo que es el acto de comprar en sí y lo poco que pensamos en ello para simplemente dejarnos llevar al consumismo puro, guiados por lo que la publicidad nos hace creer.
  2. Esta idea no es mía, la leí hace mucho y no recuerdo dónde, pero me hizo pensar muchísimo: compramos pensando en nuestro yo ficticio, no en nuestro yo real. El proceso de compra muchas veces se ve inducido por imaginarnos cómo será nuestra vida con ese objeto, cómo mejorará, cuando en realidad eso nunca es así. Lo que está ocurriendo es que fantaseamos con cambiar cierto aspecto de nuestra vida y creemos que comprar ese producto lo subsanará. Estamos poniendo el foco en el sitio equivocado.
  3. Piensa en los productos como activos a los que hay que sacarles rendimiento. Pongamos un ejemplo: tienes un abrigo de 120€ que has usado todos los días de todos los inviernos y otoños desde hace tres años, y por otro lado tienes un vestido monísimo de 40€ que te has puesto dos veces en cinco años. ¿Cuál de los dos te ha salido más rentable? Aquello que no usas, una vez comprado en cierto modo sigue gastando. Gastando tiempo y dinero (aunque lo segundo en pocas cantidades) porque tienes que mantenerlo. Desde hace algo más de un año estoy probando algo que llamo “autogestión”, que básicamente consiste, en la medida de lo posible, en que aquello que no uso sirva para pagar aquello que necesito. Vendo lo que esté en buen estado y crea que pueden necesitar otras personas y con lo que gano compro lo que necesito. El dinero que entra por el que sale. A veces los gastos se cubren por completo, otras lo vendido solo me da una ayuda, pero aun así, ya es más rentabilidad de la que estaba obteniendo con un producto muerto de risa y acumulando polvo. Algo que es bueno y malo en este punto es que, como cada vez compro menos y acierto más con lo que compro porque al reflexionarlo más me voy conociendo, ya no tengo objetos que vender para “autogestionar” lo nuevo que necesito. Pero oye, mientras dure, duró.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha resultado interesante? Quiero dejar claro ante todo que, si eres una compradora compulsiva o no, simplemente disfrutas dándote un capricho de vez en cuando, no pretendo señalarte con el dedo. Yo también lo hago. Todos somos consumistas y lo vamos a seguir siendo, porque vivimos en un mundo consumista. No hay una actitud más lícita que otra y como siempre repito, el minimalismo está ahí para sumar pero nunca para restar.

Seguiremos informando.

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En algún lugar entre la tormenta y la calma

Hoy me ha dado por pensar en los altibajos, las rachas, llámalo x. Muchas veces tengo la impresión de que todo es cíclico, que los años se dividen en etapas, y que esas etapas las recordamos por cómo las vivimos. Porque al fin y al cabo los recuerdos solo están basados en nuestro punto de vista, en el momento anímico que atravesamos, porque es el prisma desde el que lo vemos todo.

Mi vida muchas veces se divide en tormenta y calma, y esa tormenta a veces es aventura, y esa calma a veces es tortura. Pero a veces todo lo contrario. Y es en el equilibrio donde me encuentro, me recompongo y sigo con fuerza. No concebiría el paso del tiempo sin esos altibajos, que al fin y al cabo son lo que nos hace crecer, lo que nos hace convertirnos en la misma persona, pero en versión renovada.

A veces haciendo equilibrismo, otras veces liderando la jugada. Y ni lo uno es tan malo, ni lo otro tan bueno. Porque todo es una enseñanza. Y se trata de seguir este recorrido, a paso lento o rápido, más solo o más acompañado, pero siempre mirando al frente.

Yo ahora me encuentro justo ahí, entre la tormenta y la calma, en un punto concreto donde priman la paz, la aventura y lo desconocido. Un equilibrio distinto y nuevo que me ayuda a descubrirme y reinventarme.

Seguiremos informando.

Últimas compras de cosmética

¡Hoy pensaba que no llegaba a tiempo para subir la entrada! Esta semana se me ha hecho bola y, entre unas cosas y otras… se me ha echado el tiempo encima.

Como sé que nos gusta un cotilleo, hoy voy a hablar un poco de las últimas compras de cosmética que he hecho, como siempre, intentando ceñirme a lo justo y necesario.

Basta que esté pasando por una época de apretarme el cinturón para que se me gasten varios productos a la vez. Y el hecho de estar en modo ahorro porque me mudo y hay muchos gastos por delante no iba a ser menos: ha sido un mes de reponer bastantes cosas, aunque aquí solo comparto lo que considero más “jugoso” potinguilmente hablando. Ahí van mis últimas adquisiciones:

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Me quedé sin tónico hace cosa de una semana, y justo tenía pendiente ir a Lush a llevar cinco botecitos vacíos. Por si no lo sabíais, Lush tiene una campaña de reciclaje en la que, si devuelves cinco botes vacíos (tienen que ser botes negros o botes transparentes, pero no botellas) te llevas a cambio una mascarilla fresca gratis. Así que en mi visita repuse el tónico eau Roma water, a base de lavanda y rosas, indicado para pieles sensibles como la mía, y además me llevé la mascarilla Rosy cheeks, calmante e hidratante, con rosa y calamina, indicada para las rojeces y las pieles sensibles y reactivas. Ya la he probado y me ha encantado el efecto. Me calmaba muchísimo y por la textura parecía que literalmente me hubiese puesto petit suisse en la cara. (¿O no lo parece en la foto?).

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Mi crema de noche también estaba en las últimas, así que la segunda parada la hice en Primor. Aunque últimamente tiendo más a comprar productos con los ingredientes más naturales posibles, hace poco en la farmacia me dieron una muestra de la crema lipikar de La Roche Posay, y el resultado fue tan bueno en mi piel que he tenido que comprármela. Mi piel es muy problemática porque, aunque en teoría es grasa, el mayor problema que tiene es que reacciona ante todo y que, según me han dicho los especialistas, para protegerse genera una capa áspera, y ese es mi mayor problema: la aspereza, la textura. La crema lipikar de la roche posay me ayudó muchísimo a mantener la piel equilibrada y con una textura agradable y, aunque está indicada para pieles muy secas y atópicas, a mí no me generó grasa. ¡A ver qué tal me funciona a largo plazo! Ah, además fue super económica, solo 5,50€.

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Por último en Primor me di el pequeño capricho de llevarme este aceite esencial de naranja para utilizar en mi difusor, y huele literalmente a caramelo de naranja, ¡una delicia! Tengo un difusor de aromas en casa porque, al vivir en un sitio pequeño, el olor a cerrado tiende a aparecer enseguida, y encender este aparato de vez en cuando me ayuda a airear un poco el ambiente, ya que actúa de humidificador a la vez que va repartiendo el delicioso aroma del aceite escogido por toda la casa.

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Siempre lo he usado con aceite esencial de romero, ya que me encanta el olor fresco a hierba que deja en mi casa. Además, me trae muy buenos recuerdos de los días en casa de mis abuelos, que en su jardín siempre tienen hierbas aromáticas (uno de mis mayores placeres allí es hacer pizza casera con orégano recién cortado, no os hacéis una idea del sabor…).

Y hasta aquí mi breve resumen de las últimas compras: lo dicho, me limito a comprar lo justo y necesario porque ahora todo mi dinero está destinado a la operación casa nueva, ¡y el bolsillo no da para más!

Antes de irme, tengo curiosidad: ¿Vosotros habéis probado los difusores de aromas en casa? ¿Os llaman la atención? Yo desde luego os lo recomiendo infinito: ya que ayudan tanto a crear un ambiente de limpieza como también de relajación.

Seguiremos informando.

Fotografiar, compartir, crear

¡Sorpresa! No tenía pensado aparecer hoy por aquí, pero no tengo muy claro si porque ayer fue un día precioso, si por vuestros comentarios y vuestra acogida a la última entrada, o por qué… pero sentí un chute de inspiración y se me vino a la mente esta idea.

Quiero contaros una historia que acompaña a las fotos favoritas de todas las que he sacado en los últimos diez años: lo que un día vi a través del objetivo.

Hace unos meses, cuando pasaba una etapa en la que me sentía un poco apática, como si a mi día a día le faltara “picante”, tuve un pensamiento recurrente: dos etapas de mi vida en las que me he sentido muy viva han sido aquellas en las que me desbordaba la creatividad y de verdad utilizaba esas ideas, las componía, las seguía… y creaba algo.

Soy una persona llena de contradicciones en muchos aspectos de mi vida: quiero compartir pero a la vez soy muy reservada, quiero utilizar las redes sociales pero a la vez me dan mucho miedo por la (des)protección de datos, valoro hacer relaciones nuevas pero me da miedo exponerme, quiero aprender de lo que veo pero también quiero transmitir lo que aprendo, quiero hacer (y hacer y hacer) pero también soy perezosa… Decidme que no soy la única.

Me cuesta mucho abrirme a la gente pero a la vez adoro cuando se crea ese ambiente tan cómplice en el que te apasiona compartir con la otra persona, entre cerveza y cerveza, café y café… es un momento que me reactiva y me llena de optimismo. Y lo mismo a nivel online. Me da la sensación de que empiezo a crear algo aquí, algo bonito, algo que me apetece mantener en el tiempo.

Y me alegro de haberme animado a aceptar el reto de volver a salir de la sombra, de la comodidad de ser un usuario pasivo de las redes sociales, para también contribuir con mi granito de arena, perdiendo poquito a poco el miedo al qué dirán, el miedo a MOSTRARME. Aunque todavía me aterra solo de pensarlo.

He estado mucho tiempo sin escribir y, como contaba en mi primera entrada, han sido años de sentir como si todo aquello que me cruzaba la mente, todas esas ideas a mil por hora, fueran construyendo un muro que me aislaba cada vez que se quedaban encerradas sin pasar a la tinta (digital).

No puedo explicarlo exactamente, pero el hecho de escribir, de convertir en palabras mis ideas me hace sentir que estoy lanzando algo al mundo, que estoy creando una extensión de mí misma… y me hace feliz, de una forma extraña que nunca he llegado a comprender.

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Llevo un mes escribiendo cada idea que llega a mí, y ha sido un mes en el que me he sentido mucho más presente, más consciente del momento que vivo, más alegre, más agradecida, y más optimista también.

Algo que quiero retomar también este año es la fotografía. Hace muchos viajes que me olvido de la cámara, incluso habiendo pensado previamente en llevármela, y eso solo significa una cosa: que no la siento parte de mi vida, que no está. Algo que hace unos años jamás hubiera pasado.

Recuerdo cuando empecé a hacer mis primeras fotos, enseguida encontré mi encuadre, mi estilo favorito, y mi debilidad: los atardeceres. Estaréis notando que la calidad de algunas fotos es cuestionable, ¡pero es que estamos hablando de 2009 en algunos casos!

Uno de los primeros regalos de mi persona favorita fue precisamente una cámara. Una cámara que me regalo con sus primeros ahorros, de su primer trabajo, tras pujar por eBay durante varios días. Una canon réflex, un modelo bastante antiguo pero perfecto para mí, viajó desde Alemania y dejó a su primer dueño para infiltrarse en mi maleta en cada viaje y ocasión.

Nos acompañó en nuestros primeros viajes juntos, y después vino conmigo en otros muchos con amigos, en momentos muy importantes de mi vida, o simplemente en días que me apetecía salir a comerme Madrid con los ojos. A fundirme en sus atardeceres fluorescentes.

De un día para otro dejé de ver el mundo tan bonito como un día lo ví a través de la lente, y durante muchos años no fui capaz de sacar una foto. Pero enero vino con aventuras nuevas, y esa mirada especial volvió, cuando menos la esperaba.

A la próxima, prometo llevarme a mi compañera de aventuras alemana. Y por supuesto, os lo contaré. De momento, me voy de cañas que es viernes. (Ignorad mis pintas de cuando estudiaba y me cortaba el pelo en casa, pero es que es el día que me regaló la cámara).

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Seguiremos informando.

Favoritos capilares de todos los tiempos

Se avecina entrada bíblica, el que avisa no es traidor.

Bueno, pues después de unos días en completo estado vegetativo y con la creatividad a cero, limitándome a disfrutar al máximo del buen tiempo y el aire libre, volví a la capital con las pilas cargadas y un montón de ideas que compartir. A lo tonto ya va a hacer un mes desde que escribí por aquí mis primeras líneas, y estoy muy contenta de cada palabra bonita que he recibido hasta ahora, y de las personas maravillosas que formáis la blogosfera.

Os recuerdo que estoy en Instagram como @ideasamilporhora y en twitter como @ideasamil por si queréis ración extra, jej.

Pero bueno, al turrón, que hoy viene la cosa cargadita.

Como comentaba, barajaba varias opciones para la entrada de hoy, y tras una encuesta que realicé en twitter, la ganadora fue la que ahora escribo: all things pelamen.

Uno de mis mayores guilty pleasures confesos es la cosmética capilar, por eso me encanta probar productos nuevos siempre que tengo ocasión. Con la cosmética facial también experimento bastante, pero por el contrario en lo que se refiere a productos corporales paso bastante del tema, no sé por qué pero no me llaman tanto la atención.

El caso es que no fue hasta los 21-22 años que empecé a interesarme por la cosmética (ahora tengo casi 26), y hasta entonces, capilarmente hablando, me limitaba a comprarme el champú de turno que más me convenciera en el supermercado, y listo. Mis dos favs eran pantene rizos y elvive repair 5, para los curiosos.

Después conforme me fui metiendo en el mundo potinguístico, probé muchas cosas, pero poco a poco mi criterio ha ido avanzando cada vez más en la dirección de lo natural, y desde hace mucho evito siliconas y parabenos, y ahora le estoy declarando la guerra a los sulfatos especialmente (sorry Lush).

Como ya comentaba en mi entrada Rutina capilar sencilla, mi pelo es fino y graso, y tengo predisposición genética a la caída, o en términos científicos alopecia androgenética, un regalito de familia. Por eso el champú de mis sueños tiene que cumplir dos requisitos: limpiar en profundidad y dejarme el pelo ligero. No le pido más. La hidratación ya me la apaño yo por otros lados, pero en las raíces no quiero ni verla. Nein.

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Así que, dicho esto, vamos al lío, producto a producto:

  1. Champú – Dr Organic, Klorane y Lush:

-Creo que ya he mencionado como 234545454 veces mi amor por la marca Dr. Organic, de venta en Primor. Desde que me leo los INCIs a conciencia es la única marca que me convence al cien por cien. He probado dos champús (lavanda y vitamina e) y dos acondicionadores  (argán y vitamina e) y me tengo que quedar sin duda con el champú de vitamina e. La lista de ingredientes (imagen a continuación) está bastante bien, siendo el primero el aloe vera. En lo particular noto que hace una limpieza muy suave, es muy agradable de usar y me dura el pelo limpio hasta el siguiente lavado sin problema.

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-El champú de lino de Klorane también me robó el corazón hace dos años. Está indicado para dar volumen y tiene un olor muy fresco, también dejando esa sensación de limpieza y soltura que yo busco. Estoy pensando en volver a adquirirlo porque ahora mismo en Primor tienen una oferta en la que lo venden en un neceser monísimo junto con un bálsamo de la misma línea, y me tienta.

-De Lush he probado cuatro champús hasta la fecha: squeaky Green (ya no se fabrica), montalbano, new y trichomania. Y es de este último del que quiero hablar. Es un champú sólido que se vende al corte como los jabones. El mínimo que se puede comprar son 50g y sale por unos 9€. Aunque tiene sulfatos y aunque es tirando a hidratante, me gusta mucho usarlo de vez en cuando: tiene un delicioso olor a caramelo (aunque en teoría es de coco) y la textura es cremosa, no jabonosa. En general lo que me gusta es la experiencia de ducha, y el resultado en el pelo es muy bueno. No suelo necesitar acondicionador cuando lo uso, aunque no me lo deja tan limpio como los otros.

¿Con cuál me quedaría? Dr. Organic.

  1. Acondicionador – The body shop, desert essence y Lush

-Un descubrimiento reciente ha sido el acondicionador de fresa de the body shop. Como me encanta probar productos nuevos y me suelen durar bastante, algo que hago mucho es comprar minitallas, y the body shop es el paraíso de las minitallas. Hace un par de meses me hice con el acondicionador de fresa, que me compré solo por el olor, sin esperar nada especial. Indicado para dar brillo, me sorprendió gratamente, ya que me hidrataba bastante y me dejaba los rizos definidos.

-En otoño estuve usando American cream de Lush, archiconocido. Y tengo que decir que para definir los rizos es lo mejor que he probado: ningún producto me ha dejado los rizos tan bonitos como este. Sin embargo tiene una pega, y aquí es cuando me meto en un berenjenal por dar mi opinión: pese a que todo el mundo adora su supuesto olor a vainilla y fresa, a mí me olía a plástico. Y el olor no perduraba especialmente. Fail.

Acondicionador de coco de desert essence. Ay, desert essence. Si no habéis probado esta marca de venta en iherb, de verdad que os la recomiendo hasta la saciedad. En concreto la gama de coco y de manzana, que gritan verano por los cuatro costados. El acondicionador de coco también me dejaba los rizos preciosos y el olor duraba hasta el siguiente lavado. Hace mil que lo usé y tengo ganas de volver a usarlo. Wishlist.

¿Con cuál me quedaría? Creo que el mejor es el de desert essence, pero por comodidad me quedo con American cream, pese a que el olor no me mata.

  1. Extra – Lush, Natura Siberica, The body shop, Pinisan

En esta categoría voy a hacer un batiburrillo de productos que utilizo de vez en cuando, como tratamiento extra. Incluyo de todo un poco:

-Tratamiento prelavado Roots de Lush: También hablé de él en mí entrada Rutina capilar sencilla. Lo utilizo una vez a la semana, se aplica en las raíces y actúa para hacer crecer el cabello. Deja una sensación mentolada muy agradable.

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Mascarilla de banana de TBS: Ha sido un descubrimiento en cuanto al efecto, ya que noto muchísimo la hidratación. La aplico también de tratamiento prelavado de medios a puntas y la suelo dejar actuar entre media hora y toda la noche. Pero. PERO. El olor es demasiado para mí. Demasiado intenso. Me ha llegado a durar en el pelo hasta tres lavados después.

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Espuma de Natura Siberica: Este producto es lo más. No acostumbro a usar espuma pero de vez en cuando me gusta tener una a mano para los días en los que mi pelo está más rebelde. Esta la descubrí de casualidad un día bicheando en Primor, y flipé con los ingredientes, casi todo extractos naturales y nada de alcohol. El envase es comodísimo, deja el pelo muy suelto y huele como a tropical, a frutas.

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-Vitaminas para cabello, uñas y piel de laboratorios Pinisan: Este es el truco del almendruco de mi madre, y yo hace poco me subí al carro de las vitaminas para el pelo. Y tengo que decir que hace mucho más que todos los productos anteriores juntos. Ya sean estas en concreto, que se venden en herbolarios, o cualquier otro suplemento a base de zinc, l-cisteína y vitaminas, lo recomiendo muchísimo. No solo estimulan el crecimiento, sino que engrosan el pelo notablemente. Y no son caras.

Y hasta aquí mis recomendaciones de productos top para el pelo, seleccionados tras 26 años de prueba y error. Espero que os guste y lo encontréis interesante y, por supuesto, si necesitáis más información o queréis contarme cuál es vuestro santo grial capilar, os espero con ansia en los comentarios y las redes sociales.

Seguiremos informando.

Vivir solo

A pocas semanas de dar el gran paso e irme a vivir con mi persona favorita, mi cómplice desde hace casi seis años, no puedo dejar el que ha sido mi hogar los últimos dos años sin hacerle un pequeño homenaje. Y, sobre todo, sin reflexionar sobre la experiencia de vivir solo.

Llevo independizada casi ocho años: años en los que he probado todas las formas posibles de convivencia. Llegó un punto en mi vida, cuando terminé la carrera, en el que necesitaba un cambio. Ese cambio era vivir sola. Siempre he pensado que hay momentos para todo en la vida y que lo único que hay que hacer es confiar en tu instinto en cada momento, seguir tu intuición, y para mí, cuando empecé a adentrarme en el mundo laboral y estaba en un momento de transición (de polluelo estudiante a polluelo trabajador) el cuerpo me pedía un cambio. A gritos. Y enseguida supe que quería dar un paso más en mi independencia y vivir sola. Me puse a buscar a eso de febrero de 2016. En ese momento el mercado inmobiliario en Madrid estaba loco pero no tanto como ahora, y la idea de alquilar un estudio todavía era factible, aunque fue una odisea encontrar mi rinconcito con mi ajustado presupuesto de 450€. Después de visitar un sinfín de zulos inmundos en los que además el propietario se permitía hacer un casting, llegó mi guarida, y supe que era ella desde el primer momento.

Entré, y comprobé que esos escasos metros cuadrados, construidos hace claramente bastantes años, pero con una luz inmensa y unas posibilidades enormes, eran justo lo que quería. Entraba en mi presupuesto, las condiciones eran buenísimas y además el barrio me encantaba. Quedaban dos minutos para que llegara el siguiente (y muy interesado) visitante y no lo dudé. Nada más doblar la esquina llamé y dije que me lo quedaba.

En abril de 2016 me entregaron las llaves y, aunque tardé algunas semanas en mudarme, empecé a visitarlo asiduamente para ir llevando cosas poco a poco y para irme haciendo a la experiencia de vivir sola. Recuerdo ir casi todos los domingos con mi portátil mientras trabajaba en mi TFG, con un café y una porción de tarta comprados en una cafetería del barrio que todavía me encanta… y me sentía tan a gusto, tan yo, tan libre… Sentía que estaba construyendo un espacio a mi medida. Guardo esta foto con muchísimo cariño, de uno de esos domingos en los que me dejaba caer por allí para ir “aclimatándome”:

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Llegó mayo y con él la hora de mudarse. Un sábado de San Isidro en Madrid concretamente. Me mudaba de punta a punta, como quien dice, y los dos viajes en coche que hicieron falta para transportarlo todo, con el caos del tráfico por la fiesta fueron bastante intensos, pero divertidos, jaja.

Y allí estaba, en mi guarida, oficialmente. Welcome home! (Este es mi estudio a los pocos días de llegar, cuando ya estaba instalada).

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Me aclimaté enseguida y no me sentí rara en ningún momento. Soy una persona miedosa y despistada y mis mayores preocupaciones al dar ese salto eran “seguro que no puedo dormir sola” y “seguro que me olvido las llaves”. Pues sorpresa, dos años después, no me ha pasado ni una cosa ni la otra. (Igual también influye que a los dos meses de mudarme acogí a dos compañeras de piso que, con su monosidad, nunca han contribuido al alquiler. Holi Piña y Menta).

De hecho nunca me he sentido tan a gusto, tan en paz conmigo misma, como en esta etapa que ya estoy lista para dejar atrás. Han sido dos años de conocerme más que nunca, también ha habido momentos duros, pero el 97% ha sido positivo.

También quería escribir estas líneas porque a veces tengo la sensación de que hay un cierto estigma con la idea de vivir solo, y a mí me parece que es una experiencia muy enriquecedora y que todo el mundo debería probar alguna vez en la vida. No por vivir solo te sientes solo, ya que la gente sigue estando ahí, simplemente no en tu espacio, pero está fuera, y puedes invitarles a pasar si quieres. Pero vivir solo te obliga a estar contigo mismo, a pensar en cosas que nunca antes habías pensado, a hacer las cosas como de verdad quieres, y para mí eso es lo importante.

 

Gracias por todo lo vivido, mi pequeño estudio. Me despido sabiendo que lo que está a punto de llegar es emocionante y toda una aventura, esta vez para compartir.

Zero waste y low waste: a tu manera

Cuando empecé a investigar y a empaparme de conocimientos sobre el universo minimalista, no tardé mucho en llegar al concepto zero waste o residuo cero, que viene a significar reducir al máximo los residuos que como seres humanos depositamos en el medio ambiente. Es un tema delicado y complejo, sin duda. Cuando empiezas a ser consciente de lo que supone para el medio ambiente lo que para ti es un simple gesto, es bastante abrumador.

Todo empezó cuando reduje mis posesiones y llegué a un punto en el que me sentía cómoda con lo que tenía. Empecé a ser mucho más consciente de cada objeto nuevo que llegaba a mi casa. Ya tenía una cantidad de pertenencias lógica, ahora lo que quería era mantener ese equilibrio y no volver a acumular cosas.

De ahí surgieron en mí ciertos hábitos como deshacerme automáticamente de embalajes y cajas de todo aquello que compraba. Fuera cual fuera el tamaño, cada vez que compraba algo necesitaba “gestionarlo” y quitar trastos de por medio inmediatamente. Una parte de mí desde entonces no soporta que una caja esté más de dos días en mi casa esperando a ser reciclada, ni una etiqueta sin quitar. Y este mismo hábito me llevó a ser consciente de los residuos que genero y las cosas que bajo a reciclar a lo largo de la semana, que no son pocas, teniendo en cuenta que vivo sola.

Sobre todo me alarmé al darme cuenta de que la bolsa de los envases se llenaba mucho más rápido que la bolsa de residuos orgánicos. La cantidad de plástico con la que convivimos en nuestras vidas es abrumadora, y lo realmente “grave” de este asunto es que gran parte de ese plástico es totalmente innecesario. Plástico que para nosotros es de usar y tirar, es un simple trámite, y que una vez desechado tarda siglos en descomponerse, muchas veces yendo a parar al mar.

No pretendo ponerme moralista ni lanzar un discurso catastrófico ya que, si bien admiro a las personas que realmente consiguen llevar una vida zero waste (estas personas pueden llegar a producir anualmente solo el plástico que cabría en un tarro pequeño), yo en mi rutina lo veo imposible de encajar. Pero sí he dado algunos pasos sobre la marcha y me he dado cuenta de ciertas cosas que todos podemos cambiar sin ningún esfuerzo y que pueden suponer un gran cambio en los residuos que generamos. Pequeños objetos que para nosotros no son nada pero para el medio ambiente son un gran problema.

Estas son  las cosas que he dejado de consumir (y que no necesito):

  • Discos desmaquillantes: los usaba para el tónico y para el breve período de tiempo que usé agua micelar. Lo primero he pasado a usarlo en dispensador porque se aprovecha mucho mejor el producto y es más agradable. Lo segundo directamente dejé de usarlo porque para mi piel sensible y ultra reactiva las aguas micelares, rezaran la marca que rezaran, eran casi igual que echarme ácido. Y tan fácil como eso, adiós a los discos desmaquillantes. Adiós a tener que reponerlos cada dos por tres y a otro residuo más de usar y tirar. La alternativa eco-friendly a los discos desmaquillantes son las esponjas vegetales de limpieza facial, las redondas pequeñitas de toda la vida.
  • Fruta y verdura envasada: Esto es muy fácil. Tan sencillo como comprar fruta y verdura siempre en la frutería, nunca en el supermercado. El producto es mejor, eliges la cantidad que quieres, es más barato, ahorras envases y encima ayudas al pequeño negocio. Para mí está claro.
  • Sprays: laca, desodorante, champú seco. Laca he usado en contadas ocasiones. La sustituí por fijador líquido y me gustó más. El desodorante en spray nunca me funcionó. Además, cualquiera de los otros formatos es más cómodo y más efectivo, y no lanzamos porquería al medio ambiente. Champú seco: Esto me costó más. Tengo el pelo graso y este producto fue un descubrimiento, pero conseguí dejarlo. Lo sustituí por polvos de talco que, aunque son algo más incómodos de usar, dan el mismo efecto. Además tenía la sospecha de que el champú en seco no era demasiado bueno ni para el cuero cabelludo ni para el folículo capilar, ya que mientras lo usé tuve la sensación de que me empeoró la caída. Así que uno menos.
  • Vasos desechables: son muy habituales en las oficinas y a lo largo de un día puede apreciarse cómo la montaña de vasos va bajando y la papelera se va llenando, cuando sería tan simple como rellenar un recipiente. En mi caso me llevé el termo que encabeza esta entrada, que encima me parece lo más.
  • Pajitas: esta para mí fue fácil, ya que rara vez he comprado pajitas en casa. Pero es que podemos vivir sin ellas perfectamente y lo mismo: son de usar y tirar para ti, pero son para siempre para el planeta. Y probablemente acaben en el mar.

 

Pero como todo es un proceso y día a día sigo aprendiendo y sigo intentando mejorar, esta es la lista de lo que quiero dejar de consumir:

-Bastoncillos. Hace unas semanas tuve uno de esos momentos de facepalm: ¿cómo podía haber pasado por alto los bastoncillos en mi cruzada contra los productos desechables? Los bastoncillos son uno de los residuos más nocivos. Tardan siglos en descomponerse, acaban en el mar, y para ti como persona suponen UNOS SEGUNDOS de uso. Segundos para ti. Siglos para el planeta. Esta idea me retumbó en los oídos un buen rato, junto con esta imagen. Me puse a pensar que solo uso los bastoncillos para dos cosas: para limpiarme los oídos y para corregir cuando me mancho con la máscara de pestañas. En ambos casos apenas son unos segundos de uso para un objeto que luego desecho y que pasará años en el mar. Y rápidamente me di cuenta de que era facilísimo sustituir ambos usos que les daba: para los oídos directamente es una mala opción usar bastoncillos, y en todo caso nos podemos limpiar externamente con papel, tan fácil como eso. Y para corregir las manchas de maquillaje, lo mismo, papel. Pensé en las veces que he estado fuera de casa y no he tenido bastoncillos a mano para estos menesteres. Papel. Y no los he echado de menos. Otra opción que he pensado para limpiarme las manchas de maquillaje es cortar un trocito de esponja vegetal (las pequeñitas para limpieza facial), voy a hacer la prueba porque creo que sería fácil y efectivo, y puede lavarse y reutilizarse.

– Tampones (con aplicador). Otro objeto de usar y tirar, y una vez más plástico y más plástico. Este tema lo tengo pendiente porque ya lo he intentado. Le he dado varias oportunidades a la copa menstrual pero no acabo de hacerme a ella, aunque sigo intentándolo. De los tampones me echa para atrás lo mismo: es residuo de usar y tirar y además estamos pagando una cantidad muy elevada por ellos. La maldita tasa rosa. Sustituirlos sería un avance pero me resulta complicado. Lo seguiré intentando (¿podría ser esta una opción?).

 

¿Y tú, has dejado de utilizar algún producto desechable? ¿Añadirías alguno a la lista? Te leo en los comentarios.

Seguiremos informando.

Minimalismo y viajes

Viajar es uno de los grandes placeres de la vida: alejarse de lo conocido para conocer lo desconocido, reencontrarse con uno mismo, probar algo nuevo, enfrentarse a las diferencias culturales con humor…

Viajar es pura vida, y a menudo los viajes conforman muchos de nuestros mejores recuerdos. Queremos recuerdos en la memoria, en la cámara y en la maleta. Y de los recuerdos en la maleta precisamente vengo a hablaros hoy.

Desde hace bastante tiempo procuro que en mi maleta no haya recuerdos, y con recuerdos me refiero a souvenirs, compras, objetos. Me he dado cuenta de que no necesito traerme conmigo un recuerdo físico de mi viaje, no necesito ese imán, esa taza, o esa camiseta para recordar las vistas maravillosas, los atardeceres, las risas, los paseos o los abrazos. No me hacen falta.

Me basta con desempolvar la cámara y dejarla fluir, disfrutar del momento y a la vez capturarlo, mientras lo saboreo.

Obviamente esta es una decisión personal: como siempre repito que el minimalismo es esencialmente retirar de tu vida lo que no necesitas porque no aporta nada, y en mi caso esas cosas bonitas acaban convirtiéndose en cosas inservibles que no me recuerdan el viaje, porque el viaje lo recuerdo en la mente, lo recuerdo en las personas que lo hicieron posible y lo recuerdo en las fotos y los momentos capturados…

Hace años sí que facturaba la maleta dependiendo de la duración del viaje, muchas veces pensando en que necesitaba hueco para todas las cosas que me compraría. Ahora no recuerdo la última vez que facturé una maleta. Este verano salí de Europa por primera vez y fui a un país totalmente desconocido para mí. Fue un viaje de seis días y no necesité facturar. Ni necesité un solo hueco en la maleta para traerme algo de vuelta: lo que me traje fue el azul brillante de las aguas cristalinas y el olor a sal en la memoria. Y con eso me bastó.

Sin embargo sí que hago una excepción con un artículo concreto, y obviamente como todo, esto no es una norma estricta y la base del minimalismo es llevarlo a tu manera, como te sientas bien. Mi excepción son las postales: es lo único que colecciono y he mantenido tras el minimalismo. ¿Por qué? Pues porque ocupan poco, son el souvenir más barato, una forma de llevar un registro de todos los sitios que has visitado, y además pueden agruparse todas juntas en un álbum.

Y respecto a otros objetos, como comentaba no acostumbro a traerme nada de mis viajes, pero hace poco hice una excepción: hice escala en Niza, en la zona de la Provenza, conocida por sus preciosos campos de lavanda, y además muy cerca de Marsella… ¡y no pude evitar llevarme un pequeño jaboncito de lavanda! La lavanda es mi olor favorito del mundo y pensé que sería un delito no traerme un trocito de las calles de Niza, que por cierto, olían a esta preciosa flor morada.

Con lo cual, ¿cuál es el secreto? Ninguno. Conocerte, descubrirte, y ver qué quieres mantener y qué no, pero…

¿Cuántos souvenirs de tu maleta realmente han servido para mantener un recuerdo en tu mente?

Seguiremos informando.

Armario cápsula que sí funciona

Me apasiona el minimalismo como herramienta para facilitar la vida diaria y, sobre todo, para disminuir la carga mental de tener que tomar decisiones a lo largo del día. Uno de los ámbitos de mi vida en los que mejor me funciona el minimalismo es en mi armario, y es que después de un tiempo he conseguido encontrar el equilibrio perfecto en el que todas las prendas que tengo me hacen sentir bien y no me requieren demasiado tiempo para estar listas. Os cuento:

La teoría dice que un armario cápsula debe rondar las 30 piezas. ¿Qué se considera pieza? Aquí hay opiniones para todos los gustos: hay quien dice que todo debe contarse (menos la ropa interior) y hay gente que no considera prenda los abrigos y los complementos y calzado. Como todo en el minimalismo, depende de ti. En lo particular, yo no me obsesiono con el número de prendas que tengo, aunque un día las conté y sí que rondan las 30. En particular, prefiero contar el número de estilismos posibles antes que el número de prendas, porque, ¿de qué me sirve tener un pantalón si no tengo una parte de arriba con la que tenga intención de combinarlo? Un pantalón en sí mismo no es una opción de estilismo, es una parte del todo.

Voy a empezar enseñando mi (humilde, real  y minúsculo) armario y después vuelvo a este punto:

armario cápsula

Como puedes ver tengo una escala de color bastante definida (gris, rojo, granate, azul, blanco y negro, algún rosa, algún beige). Mi escala de colores ha ido surgiendo sola, a medida que me iba deshaciendo de las prendas con las que no acababa de encontrarme, resultó que aquello que me encantaba tenía algo en común. Es una forma de encontrar tu propio estilo. Sinceramente no creo en las típicas premisas de “si tu cuerpo es un pepino de mar, lo que mejor te sienta es una bolsa de Carrefour con una gorra de Repsol”. Y ese tipo de cosas, ya me entendéis. Yo creo que la persona que mejor sabe lo que te queda bien eres tú. Y lo sabes porque repites ese modelito mil veces, porque te hace sentir la reina del pop. Tan sencillo como eso.

Volviendo a lo que comentaba antes: por el hecho de que prefiero contar posibilidades y no prendas en mi armario, recurro mucho a los vestidos, ya que un vestido no requiere de nada más en principio, y personalmente me siento muy cómoda con ellos. Además, para mí las medias no son un problema ya que me resultan más calentitas y cómodas que los pantalones en los meses fríos. Pero esto, como todo, va al gusto.

Ah, importante. Casi lo olvido. Mi armario cápsula está pensado para mis días de oficina, de lunes a viernes, porque los fines de semana me da más igual lo que me pongo, pero mi trabajo requiere un cierto dress code y, por ejemplo, los vaqueros no son una opción, con lo cual no los incluyo en mi selección, y los reservo para el fin de semana (tengo dos).

Un método que sigo a veces (porque realmente no necesito planificar siempre, ya que mi armario está optimizado al máximo) es hacer una planificación semanal de lo que voy a llevar.

Tengo un bullet journal bastante putapénico en lo que a aesthetics se refiere, porque la paciencia no es lo mío y soy de “como salga, salió” para este tipo de cosas (aunque en mi trabajo soy la persona más pesada y meticulosa ever, ironías de la vida).

Una página la tengo dedicada a mi “armario dibujado”. Tengo dibujadas mis prendas por categorías y así sé lo que tengo y hago recuento de las opciones de vestimenta. Lo que retiro porque veo que no lo uso, lo tacho, con todo el glamour del mundo. Esta es la pinta que tiene:

armario dibujado

 

Mi armario actual consta de:

  • 7 Vestidos
  • 2 Pantalones de vestir
  • 1 pantalón negro de tiro alto
  • 5 Jerséis gorditos
  • 7 Camisetas / jerséis finos / blusas
  • 2 Faldas
  • 1 short de vestir
  • 4 chaquetas

Este armario vale para otoño e invierno. En primavera sacaré algunas piezas que tengo guardadas pero muchas de las que hay me sirven también, y en verano es cuando más lo cambio.

Las camisas se fueron porque paso de dedicarle ni un segundo a planchar, es lo que hay.

Y bueno, espero que mi método os sirva y os inspire. La verdad que no lo he visto aplicado de esta manera en ningún sitio y a mí me funciona bastante bien.

Seguiremos informando.

 

Journal I: Anatomía de un día de mierda

Ayer tuve un día de mierda, de esos con todas las letras y con todas las consecuencias. Contundente, pesadito, asqueroso. Y no pasa nada, porque sobreviví, y creo que tomé un par de decisiones que contribuyeron a hacerlo diferente, pero recapitulemos:

Me levanté, lunes por la mañana, pocas horas de sueño por un insomnio que me lleva siguiendo la pista varios días ya (hoy parece que me ha dado tregua al menos). Me catapulté a la oficina y a mi cansancio se le añadió un estado febril provocado por la lluvia que no deja Madrid últimamente y que al final me pasó factura, y entre todo se hizo un cóctel en mi cabeza ideal para desarrollar mi trabajo creativo del día en mi generosa jornada de 9 a 19:30 (ME MATO, pensé). Pero bueno, me puse en marcha, las cosas iban saliendo, a un ritmo más lento, pero salían, aunque la concentración ya era otro cantar. Mi estado de ánimo estaba extraño, muy probablemente por mi amigo el síndrome premenstrual, y encima recibí la noticia de que a la persona que más quiero le había pasado algo feo y estaba muy triste y yo no podía hacer nada, además no podía darle un abrazo en ese momento. Cómo odio esa sensación.

Mi estado febril empeoraba por momentos y mi concentración disminuía a la par que aumentaba mi estrés por no llevar el ritmo que tocaba, y a lo largo del día la ansiedad me hizo un recordatorio de esos que insinúan “sigo aquí aunque a veces creas que me he ido”, y esos fantasmas que consigo tener a raya la mayoría del tiempo, los muy mamones aprovecharon que tenía la guardia baja para hacer estragos en mí.

Llegué a casa hecha un cuadro, medio mareada, estresada perdida por la sensación de no haber rendido lo suficiente en el trabajo (adoro mi trabajo y me frustra cuando siento que no llego a todo).

Un día como este habitualmente ni me hubiera molestado en cenar y me hubiera metido en la cama para dormir y anestesiarme del cansancio y la saturación. Pero se me pasó por la cabeza algo casi revolucionario, y decidí que, aunque me estuviera cayendo a cachos, iba a cuidarme a mí misma, iba a hacerme algo rico de cenar, calentito y reconfortante. Iba a ponerme cómoda y a ponerme una mascarilla en el pelo, algo que siempre me hace sentir mejor. Y funcionó. Y el día mejoró por momentos. Y respecto a mi persona favorita, conseguí acompañarla en la distancia y darle mi apoyo, que aunque no lo parezca, a veces es suficiente, y siempre es necesario. Y sonrió. Y mis fantasmas se fueron al notar que recobraba la fuerza y que ya no iban a poder conmigo. Dormí plácidamente, y empecé un martes 13 con energía y ganas de todo.

Se puede, solo hay que seguir andando. La vida no es un feed de Instagram ni una taza de Mr. Wonderful, pero es bonita igual.

Seguiremos informando.